Un encuentro, un proyecto,quince años

Por Pablo Ruocco.

Alguna tarde de diciembre de 2009, pocos días antes de Navidad. Alem, la calle principal de Monte Grande, atestada de gente, bolsas con regalos y calor. En medio de esa marea de personas, un cruce inesperado:

—Ey, Leo. ¿Qué hacés tanto tiempo?

—¡Hola, Mac! Todo bien, a las corridas. ¿Vos?

—Bien, tranqui. ¡Che, qué casualidad, encontrarte acá! Sabés que el otro día no me acuerdo a quién le decía que tenía ganas de… Leo, ¿me escuchás? ¿Qué te colgaste mirando?

—¿Eh? Ah, sí, sí…

—¿Me escuchaste lo que te decía?

—Sí, pero mirá que loco, esa nube, allá arriba del edificio, tiene forma de pato.

—¿Qué nube, Leo? Yo no veo un pato, cualquiera. Ah, pero mirá: aquella del otro lado, sí, se ve clarísimo, yo veo una Canon Reflex  EOS-1D X Mark III usada.

—¿Usada? ¿Cómo distinguís si la forma de una Canon en una nube es de un equipo nuevo o usado?

—Por el desgaste del lente. ¿Ves? Se ve bien: ahí donde hace la pancita, esa parte más grisácea…

—Bueno, Mac. Al final, siempre te vas por las ramas y no me terminás de contar lo que habías pensado.

—Ah, claro. El que se va por las ramas soy yo. Te decía… Pensaba en que vos que tenés un espacio, ¿por qué no armamos algo para dar clases de fotografía?

—Sí, dale. Sólo nos falta vivir en Palermo, ser famosos y tener un montón de gente que quiera estudiar con nosotros.

—En serio te digo. ¿Por qué no puede haber un espacio dedicado a la fotografía en Monte Grande, en el sur del conurbano?

—Podría ser, sí… Pero, ¿tipo talleres, cursos? Yo nunca dí clases.

—No importa, yo arranco y vos me seguís.

—¡Dale! Me copa.

—Podríamos empezar por algo tranqui, probar y vemos.

—Lo re veo: damos clases, invitamos fotógrafos reconocidos que vengan a dar charlas, armamos salidas con los alumnos, y quien te dice que dentro de un tiempo esta charla forme parte del prólogo que un escritor amigo nos escriba para la celebración de los quince años de la escuela del Taller… ¡Ya está: FotoTaller!

—Pará Leo, te dije de probar primero con un curso, algo tranqui… ya te estás yendo a la mier… FotoTaller, me gusta, eh. Lo que no entendí es lo del prólogo, el escritor amigo. Pero dale, si te copa, démosle para adelante.

Probablemente nunca haya existido esta situación o al menos no de esta manera. Lo que es cierto es que, sin saberlo, hace quince años y algunos meses, en las cabezas de estos dos amigos, en las conversaciones que tenían entre foto, revelado, primeras incursiones en el mundo digital, edición, entrega de material a clientes, se estaba gestando el germen de lo que hoy, quince años después, es una
institución, así con todas las letras: FotoTaller Monte Grande.

En lo personal, debo tener el récord de mayor desproporción entre haber participado de tantas actividades, salidas, charlas, muestras de fin de año… y ser alumno durante un solo mes. Mala mía: ambos me alentaron a seguir estudiando, pero considero que como fotógrafo, soy un muy buen escritor. Un desequilibrio absoluto entre lo que di y lo que recibí de ellos. Lo que solo se explica a partir de conocer la apertura, solidaridad y don de buena gente de los dos capitanes del barco: Leo y Mac. A ellos, mis agradecimientos y admiración.

Y si hablo desde mí no es a modo de ejemplo de nada, más bien de ser un fiel testigo del trabajo, profesionalismo, pasión y tantos otros aportes que cada uno de ellos – y con ellos, sus familias, amigos, alumnos y gente cercana – le fueron poniendo a lo largo de estos quince años al proyecto. Proyecto que ya es una realidad.

Como escritor, no puedo dejar de prestar especial atención a algunos pasajes de su propia presentación: “FotoTaller nació con el objetivo de brindarnos una formación integral en fotografía, abarcando desde los fundamentos técnicos hasta la expresión artística. Sin embargo, nuestro enfoque va más allá de la técnica y se centra en la búsqueda de historias y narrativas que surgen desde el territorio del Conurbano Bonaerense, intentando que comprendamos la riqueza alrededor de nuestras propias vidas y experiencias, entendiendo que no hay que ir demasiado lejos para hacer fotos.”

Fotógrafos que se proponen contar historias y generar narrativas desde su punto de vista singular, desde su propia aldea. ¡Qué maravilla!

Paso las fotos que componen este libro, que cuentan tanto de estos quince años, y me encuentro con personas, muchas personas. (En las pocas clases a las que asistí, aprendí que se dice retratos.) Niños, niñas, viejos, viejas, adolescentes, trabajadores, amas de casa, y en cada quien, con ojo de escritor, imagino padres sin trabajo, madres agotadas (y viceversa), otros más acomodados, abuelos que disfrutan de sus nietos, otros que los tienen lejos, otros que los tienen pero alguna pelea familiar construyó una distancia insalvable. Imagino obreros, trabajadores que tienen que viajar más de dos horas en dos, tres y hasta cuatro transportes (públicos) distintos, nenes que tienen muchos amigos, otros más solitarios, amigos que se encuentran todos los jueves a jugar a la pelota, amigos que se ayudan ante alguna dificultad económica, afectiva o espiritual. Familias con su economía acomodada, otras (tal vez la mayoría) que dan pelea en busca del mango diario para darles de comer a sus hijos. Y así podría seguir con lo primero que descubro en las fotos: personas.

Pero también hay contextos, espacios, paisajes: calles vacías, edificios, cementos (mucho cemento), casas a medio construir, camas, interiores, exteriores, cocinas, mesas con comida, globos de distintos colores. Hay espacios verdes, pasto, mucho pasto, canchas de fútbol, pelotas, hinchadas, murgas y escenas de carnaval. Hay luces, sombras y atardeceres. Hay piletas de cemento y otras pelopincho (como la de la improbable escena imaginada). Pero en esos objetos aparece el verano de las primeras vacaciones con amigos, una tarde de frío en donde dos enamorados se vieron por última vez, un chico que le confiesa algo muy importante a otro, primos que comparten sus primeras salidas nocturnas, un perro que, perdido, encontró un nuevo hogar.

Puedo quedarme horas mirando estas fotos, develando las historias que contienen, en primer plano o en potencia, cada una de ellas. Pero hasta acá está bien. Invito a que pasen la página y se sumerjan en el apasionante mundo que abre, genera y contiene FotoTaller.

Alguna vez escuché decirle a Pedro Saborido, palabras más palabras menos, que en el Conurbano conviven todas las Argentinas. A riesgo de sonar exagerado, pienso que si en el Conurbano están todas las Argentinas, en Fototaller (en sus fotos) está todo el Conurbano (y, por ende, todas las Argentinas). Gracias y felicitaciones por albergar tanto arte, tanta sensibilidad, tantas aldeas.

Pablo Ruocco, escritor y gestor cultural.

@pablo.ruocco

Las Fotos que nos miran

Por Horacio Incaurgarat

Confieso que siempre tuve una relación de amor y culpa con la fotografía. Amor porque desde pibe me hipnotizaban esas ventanas a otros mundos pegadas en los diarios. Culpa porque pocas veces logré sacar una foto digna, aunque me pasé la vida rodeado de gente que sí podía congelar el tiempo con un click. Gente como los locos lindos de Fototaller Monte Grande, que en lugar de ponerse solemnes con las velocidades y los diafragmas, te enseñaban a robarle secretos a la luz del Conurbano con lo que tuvieras a mano: una cámara prestada, un celular o hasta una lata oxidada si servía.

Este libro es como esos talleres: tiene olor a barrio. No es de esos manuales que te hablan de París o Nueva York cuando vos estás buscando fotografiar la feria de Monte Grande un sábado al mediodía. Acá las reglas de composición te las explican con ejemplos que incluyen a una tía posando en el patio o al kiosquero de la cuadra.

Dicen que antes la fotografía era cosa de elegidos. Que había que tener plata para el rollo, el revelado y esas cosas. Hoy cualquier teléfono saca fotos mejores que las de un reportero de los ´80, pero hay algo que ni los algoritmos ni la inteligencia artificial pueden imitar: esa foto que te sale torcida porque te temblaba el pulso de la emoción ante ese momento especial que te incluye y te interpela como protagonista. O esa imagen granulada de alguna abuela en la cocina, donde se manifiesta más el corazón que los píxeles.

Ahora bien, hablemos de lo que surje en las reuniones de fotógraf@s entre el tercer fernet y el primer llanto: que cualquier algoritmo hoy puede generar una foto de tu sobrino en Disney que nunca existió. Que ya no necesitás viajar a la Patagonia para tener un atardecer épico en tu portfolio, solo un teclado y suscripción a Midjourney. Joan Fontcuberta -ese catalán que siempre ve el futuro con anteojos de certezas- lo dijo claro: “La foto digital nos alejó del tacto; la IA nos aleja de la mirada”.

Y ahí está el quid de la cuestión. Este trabajo no es nostalgia tecnológica, sino un recordatorio de algo que las IA nunca podrán replicar: la fotografía como experiencia humana. Porque detrás de cada imagen verdadera hay una historia que no se reduce a píxeles. Está el fotógrafo que esperó tres horas a que esa nube se posicionara exactamente sobre la estación del tren, la conversación incómoda que generó la confianza para ese retrato íntimo, o simplemente el azar feliz de estar en el lugar preciso cuando la luz del atardecer se filtró por la fábrica abandonada de una manera que ningún algoritmo podría predecir.

Fototaller nos enseñó -y enseña- justamente eso: que lo valioso no está necesariamente en la perfección técnica sino en esa alquimia entre ojo, circunstancia y paciencia. Mientras las IA generan imágenes a partir de patrones estadísticos, los fotógrafos seguimos –y seguiremos- trabajando con lo inesperado, con esas pequeñas imperfecciones que no son errores sino huellas dactilares de lo real. Como decía Cartier-Bresson, “fotografiar es poner en el mismo punto de mira la cabeza, el ojo y el corazón”.

Los muchachos de Fototaller lo entendieron siempre. Por eso este libro no es un cementerio de tecnicismos, sino una caja de herramientas para que cualquiera -sí, cualquiera- pueda contar su verdad con imágenes. Porque al final, la mejor foto no es la que tiene mejor nitidez, sino la que guarda el ruido de fondo de tu vida.

Por eso este libro no es un manual, es un manifiesto. Dice: “La fotografía no es un producto, es un ritual”. Que no importa si usás una Nikon o un Motorola viejo, lo sagrado está en salir a cazar imágenes con los cinco sentidos alertas. En equivocarte, en insistir, en aprender que la mejor foto es la que guarda el eco de emociones, momentos y experiencias.

De mi parte agradezco haber sido parte de esta historia y aviso que intentaré seguir sacar nuevas fotos –seguramente imperfectas-. Como decía el Negro Fontanarrosa: “Lo perfecto es el enemigo de lo divertido”.

Horacio Luis Inçaurgarat

Director de la Biblioteca de la UNLZ

@inzauga

Conseguí el libro de los 15 años!!

Celebramos los 15 años de Fototaller Monte Grande publicando un libro con toda nuestra historia y mas de 200 fotografías de los alumnos que pasaron por nuestra institución.

Una gran alegría para nosotros tener todo este material condensado en un sólo volumen. 

Podes adquirirlo en la escuela o por mail a hola@fototallermg.com.ar

 

La humanidad necesaria para crear

FOTO: ENRIQUE TOBIO

Hace quince años que en Fototaller Monte Grande abrimos las puertas para mirar a través de una cámara. En todo este tiempo vimos pasar mucha gente, una pandemia, crisis económicas, tecnologías y maneras de fotografiar.

Pero hay algo que nunca cambió: la emoción de ver una imagen cobrar vida, de encontrar en una foto algo que dice más que mil palabras.

Hoy la fotografía está viviendo un momento único. Todo el mundo tiene una cámara en el bolsillo. Las redes están llenas de imágenes, y la inteligencia artificial ya puede inventarlas sin que nadie siquiera apriete un disparador. Entonces aparece la gran pregunta:

¿qué lugar le queda al fotógrafo?

Y la respuesta es sencilla, pero poderosa: el fotógrafo sigue siendo el que tiene mirada y la humanidad necesaria para crear y contar historias.

El que no se conforma con ver, sino que elige cómo mirar. El que encuentra una historia en lo cotidiano, un gesto en la sombra, una emoción en el silencio. Las herramientas cambian, pero la mirada no se reemplaza.

Podemos usar la IA, la edición digital o cualquier técnica que venga, pero lo importante es desde dónde miramos y por qué queremos contar algo. Eso no lo hace una máquina. Eso lo hace una persona sensible, curiosa y crítica. Eso lo hace un fotógrafo que siente y piensa. O que piensa y siente. Finalmente se expresa y comparte para que alguien complete su trabajo al recibirlo. Y cuando hablamos de compartir lo hacemos pensando y creyendo fervientemente en la fuerza del papel, la copia impresa, la página o el cuadro colgado. Hacia allí vamos en Fototller Monte Grande. Queremos “tocar” las fotos.

En los próximos años la fotografía va a ser más libre, más mezclada: real y creada, docu-

mental y poética. Y nosotros, los fotógrafos, vamos a tener que aprender a movernos entre esos mundos: ser autores, narradores, editores, constructores de sentido. Por eso en Fototaller Monte Grande no solo enseñamos a usar una cámara. Enseñamos a mirar, pensar y crear. A encontrar una voz propia entre millones de imágenes. A usar la técnica como herramienta, no como destino. Porque el futuro de la fotografía no está en la tecnología, sino en las personas.

Y el futuro del fotógrafo es aprender a mirar de nuevo, con la misma curiosidad que tuvo la primera vez que tomó una foto.

Gracias por seguir mirando con nosotros.

Leonardo Marino

Co-coordinador de Fototaler Monte Grande